El fenómeno de El Niño ya se instaló y las proyecciones indican que podría alcanzar una intensidad fuerte o muy fuerte durante los próximos meses. Pero entre la advertencia y el alarmismo hay una diferencia que, para los especialistas, conviene no perder de vista. El ingeniero Alejandro Ruberto, del Departamento de Hidráulica de la Facultad de Ingeniería de la UNNE, pidió “bajarle unos decibeles” a la idea de un “Superniño” y concentrarse en algo bastante más concreto: prepararse.
“Nosotros no lo llamamos un Superniño”, aclaró Ruberto en diálogo con La Cabeza y el Sombrero, por Radio Independencia. La consigna que guía el trabajo conjunto de la UNNE, la Universidad Federal de Santa María y la Administración Provincial del Agua del Chaco es, según explicó, sencilla: “prepararnos para lo peor esperando que suceda lo mejor”.
El grupo viene siguiendo la evolución del fenómeno desde hace cuatro meses, con información del Servicio Meteorológico Nacional y agencias internacionales. Los registros muestran que El Niño se instaló durante el último mes y que el calentamiento del Pacífico ecuatorial anticipa un escenario de mayor humedad para buena parte de Sudamérica.
Eso no significa que lloverá igual en todas partes. Ruberto insistió en que el continente es demasiado extenso y diverso como para trasladar un pronóstico de una región a otra. Habrá zonas más húmedas y otras que podrían atravesar períodos secos. Lo que sí permite prever el escenario actual es una mayor disponibilidad de humedad y, por lo tanto, la necesidad de estar atentos.
Las proyecciones, aclaró, tienen un límite. “Son hacia noviembre, más de eso no son a tres meses hacia adelante, más de eso no es creíble porque son modelos y, al ser probabilísticos, es imposible ir más allá”, explicó. El dato importa porque también obliga a poner las previsiones en su justa dimensión: no se trata de anunciar una catástrofe inevitable, sino de trabajar sobre riesgos posibles.
En ese punto aparece una de las principales recomendaciones del informe elaborado por las instituciones. A esta altura, no hay tiempo para resolver con grandes obras los problemas estructurales de drenaje. Pero sí se puede cuidar y mantener lo que ya existe.
“Con lo que tenemos, estar preparados. Hacer obras no alcanza en tan corto tiempo”, resumió Ruberto. La lista incluye limpiar canales, conductos, reservorios y bocas de tormenta. En términos técnicos, se trata de recuperar y preservar la capacidad instalada de los sistemas de desagüe. En términos más sencillos: que el agua tenga por dónde ir.
La responsabilidad, según planteó el especialista, tampoco termina en los organismos públicos. “No todo parte de los gobiernos”, advirtió. La basura arrojada en desagües, canales o bocas de tormenta reduce una capacidad que, en algunos sectores, ya es limitada. “Si lo disminuimos nosotros por no cuidar y tapar boca de tormenta o caños o canales, nos perjudicamos nosotros mismos”, señaló.
La advertencia alcanza especialmente a las ciudades, pero no se detiene allí. En las zonas rurales, la prevención debe contemplar las particularidades de cada actividad. Productores ganaderos, agricultores y poblaciones ubicadas en áreas bajas deberían conocer con anticipación sus posibilidades de evacuación y las vías disponibles para trasladar personas, animales o bienes.
“Hay que saber cuáles son las posibilidades de evacuación y hacia dónde”, sostuvo Ruberto. Para eso, recomendó mantener contacto con los organismos correspondientes, los ministerios vinculados a la producción y los sistemas de Defensa Civil.
La recomendación también es territorial. Saber dónde se vive parece una obviedad, pero no siempre lo es cuando se trata de agua. Quienes habitan zonas ribereñas fuera de los sistemas de defensa saben que una crecida del Paraná puede modificar rápidamente las condiciones. Las previsiones actuales, dijo Ruberto, indican un río “medio o medio alto”.
Resistencia tiene, en ese sentido, una particularidad: cuenta con un sistema de defensa contra las crecidas del Paraná terminado y en funcionamiento. El desafío no termina allí. Las lluvias locales son otra historia y una ciudad plana, con sectores bajos y problemas históricos de urbanización, depende de que sus sistemas de desagüe funcionen cuando el agua cae.
Ruberto fue particularmente directo al referirse a quienes viven en zonas bajas sin drenaje suficiente. Ante pronósticos de lluvias intensas, recomendó tomar medidas preventivas y resguardar los bienes de mayor valor. “Es algo feo lo que voy a decir, pero hay gente que vive en zonas bajas que no tienen desagües por cómo fue el proceso de urbanización”, señaló.
El ejemplo elegido para explicar por qué el mantenimiento importa más de lo que parece fue Porto Alegre, en Brasil. En marzo de 2024, las inundaciones dejaron ciudades aisladas y provocaron graves daños. Según recordó Ruberto, la ciudad contaba con un sistema de defensa frente al río Guaíba, pero la falta de mantenimiento dejó fuera de funcionamiento compuertas que debían impedir el ingreso del agua.
“Por eso nuestra insistencia en mantener lo que tenemos y que funcione bien”, explicó. No se trata, entonces, de esperar que llegue una emergencia para comprobar si el sistema responde. Se trata de verificarlo antes.
El Niño será fuerte, según las proyecciones actuales. Puede traer más humedad y eventos intensos. Pero Ruberto volvió al punto de partida: “bajar un cambio”. No negar el riesgo, tampoco dramatizarlo. Prepararse, mantener lo que existe y tener planes para los lugares donde el agua suele llegar primero. Entre el pronóstico y la inundación, todavía hay margen para hacer algo.
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