Generales: Machósfera y la disputa por lo que pensamos

04/09/2026 | 10 visitas
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La machósfera tiene nombre de fenómeno reciente, de criatura nacida en algún rincón de internet y alimentada por algoritmos. Pero para Mariela Fogar, profesora en Filosofía, docente e investigadora, la historia es bastante más vieja. Lo novedoso no es el machismo que circula allí, sino las herramientas disponibles para multiplicarlo, organizarlo y convertirlo en una forma de construcción de subjetividad. A partir de un informe de Zuban-Córdoba & Asociados sobre la llamada machósfera, la conversación se abrió hacia los incels, las tradwives, las nuevas derechas, el papel de las plataformas y una pregunta incómoda: quiénes están construyendo hoy las ideas con las que pensamos el mundo.


En La Cabeza y el Sombrero, de Radio Independencia, Fogar explicó que la machósfera es “un espacio virtual de intercambio” donde distintos grupos intentan sostener una identidad machista y la supremacía del varón. No se trata, sin embargo, de un movimiento homogéneo. Entre sus expresiones aparecen los incels, los llamados célibes involuntarios, varones que desean tener relaciones sexuales pero atribuyen a las mujeres y a los varones considerados atractivos la responsabilidad de su frustración. El fenómeno nació en Canadá, se expandió rápidamente hacia Estados Unidos y tuvo expresiones violentas en distintos lugares. En algunos casos, esos grupos llegaron a organizar agresiones físicas. Para Fogar, allí aparece el núcleo más peligroso: “la creencia de que tienen derecho a apropiarse del otro, la objetualización del otro. Y más aún cuando se trata de una mujer”.

Ese mecanismo no puede explicarse solamente por la conducta de determinados varones. La investigadora propone mirar algo más grande: la forma en que las sociedades construyen subjetividades y los poderes que intervienen en ese proceso. “El ser humano no nace como tal, se humaniza a través de la cultura”, señaló. Y en esa humanización intervienen los vínculos, las instituciones, las familias, las escuelas, los medios y, cada vez con mayor intensidad, las plataformas digitales. “A esto me dedico yo como investigadora: a ver, a pensar, a reflexionar sobre la influencia del contexto en la construcción de la subjetividad”, explicó. En otras palabras, detrás de aquello que parece una opinión individual hay muchas veces un contexto que la hizo posible, la reforzó y le dio circulación.

Desde esa perspectiva, la discusión sobre las mujeres tradicionales tampoco aparece como una moda aislada. Fogar vinculó el fenómeno de las tradwives con una disputa histórica por los roles sociales. Recordó aquellas revistas que leían las madres y las abuelas, con mujeres jóvenes, delgadas, impecables, de tacos altos, vestidos acampanados y dedicadas a las tareas domésticas, rodeadas de electrodomésticos que prometían hacer más fácil esa vida. No era solamente una imagen de familia: también era una forma de estimular el consumo. “No hay casualidad en la cultura, hay siempre una cuestión de disputa”, sostuvo. Y esa disputa vuelve a aparecer ahora, en otro contexto y con otras herramientas, cuando sectores conservadores recuperan la idea de una mujer recluida en el hogar y de una familia organizada alrededor de una autoridad masculina.

Fogar ubicó esa discusión en una historia política más amplia. En Estados Unidos, explicó, durante los años '90 hubo una disputa entre neoliberales y neoconservadores que coincidían en lo fundamental: el modelo económico basado en la concentración del capital y la economía financiera. La diferencia estaba en el papel que debía asumir el Estado frente a la vida social. Mientras unos planteaban un Estado que se retirara de la regulación de los vínculos, los otros defendían una intervención directa sobre aquello que consideraban una supuesta “degradación moral”, señalando especialmente a mujeres, pobres, negros, indígenas y homosexuales. Para Fogar, aquellos sectores terminaron confluyendo. Y en esa convergencia reaparece una mirada conservadora sobre los derechos y sobre los cuerpos.

El presente agrega un elemento que modifica la escala del problema: los dueños de las plataformas. Fogar sostuvo que esos grupos económicos no solamente tienen capacidad para intervenir sobre la economía, sino también para producir subjetividad. En ese punto vinculó la concentración económica con la disputa por los recursos naturales y hasta con el agua necesaria para sostener el funcionamiento de las redes y los sistemas digitales. “El 1% de la población mundial domina y ejerce poder sobre el resto, y somos el resto”, planteó. La frase no fue un recurso retórico menor: apunta a discutir la idea de que las redes son espacios neutrales donde simplemente se encuentran opiniones. Para Fogar, detrás de lo que aparece en una pantalla hay relaciones de poder, intereses económicos y profesionales que diseñan estrategias para intervenir sobre las conductas.

Ese poder, además, se cruza con una disputa política concreta. La investigadora señaló que las mujeres no necesariamente acompañan electoralmente de la misma manera que los varones a los gobiernos de derecha y planteó que comienza a advertirse un alejamiento respecto de algunas posiciones que fueron determinantes en elecciones anteriores. En la Argentina, sostuvo, muchas mujeres pueden haber votado a un Gobierno que llegó con una motosierra como símbolo, pero después empiezan a advertir que el recorte de derechos no afecta solamente a ellas. También alcanza a sus hijos e hijas, al ambiente, a la salud, a la educación y a las condiciones materiales de vida. El voto, entonces, también puede ser leído como una experiencia que se modifica cuando las políticas dejan de ser una consigna abstracta y entran en la vida cotidiana.

Pero si hay una palabra que atraviesa toda la conversación es la de lazo social. Para Fogar, la fragmentación y el aislamiento no son consecuencias accidentales: constituyen una estrategia de poder. “La destrucción del lazo social y la reclusión de sujetos o subjetividades como las mujeres en la casa es la mejor estrategia que tienen los grupos de poder para evitar la construcción de lazo social y la crítica”, afirmó. En ese punto trazó una continuidad con la historia argentina y latinoamericana, donde las dictaduras construyeron la figura del enemigo interno para desarticular vínculos y legitimar la violencia estatal. Los contextos cambian, pero la lógica de fondo puede persistir: si las personas están aisladas, enfrentadas entre sí y buscando enemigos cada vez más próximos, resulta mucho más difícil construir una mirada colectiva sobre las causas de aquello que les sucede.

Por eso, cuando la conversación llega a la pregunta inevitable —qué hacemos con todo esto—, Fogar no ofrece una receta tecnológica ni propone simplemente enseñar a niños y adolescentes a comportarse mejor en las redes. Propone recuperar la racionalidad. “Eso no se siente, eso se piensa”, dijo, cuestionando incluso una fórmula que se volvió habitual para explicar decisiones políticas. Y propuso recuperar también los límites, aquello que una sociedad establece como aquello que no se puede hacer. “No se puede apropiar de una mujer, no se puede abusar de los niños, no se puede vender a los hijos”, enumeró. En ese sentido, cuestionó también aquella consigna de “sí se puede” que identificó con el macrismo y recuperó una reflexión del psicoanalista Sergio Zabalza: “la peor frase que sufrimos en este país es ‘sí se puede’”. No todo puede hacerse en nombre de la libertad, porque hay límites que protegen a los demás y también nos protegen como sociedad.

El problema se agrava, según Fogar, cuando a esa disputa cultural se le suma el desmantelamiento de instituciones destinadas a garantizar derechos. Salud mental, políticas sociales, educación y hasta los comedores escolares aparecen en su enumeración. En una sociedad atravesada por el hambre, la desigualdad y la imposibilidad de muchos adolescentes de salir de sus propios barrios, la escuela puede convertirse en uno de los pocos espacios de socialización disponibles. Si allí también se reproducen discursos de exclusión, advierte, se genera un caldo de cultivo para buscar enemigos en quienes están más cerca. Y allí vuelve a aparecer la distancia entre lo que una sociedad dice rechazar y aquello que finalmente reproduce: una encuesta puede mostrar porcentajes altísimos de rechazo a determinadas prácticas, pero entre el discurso consciente y la acción existe “una distancia enorme”. La elección de Javier Milei con el 56% de los votos en 2023 es, en ese sentido, una referencia que obliga a pensar esa contradicción.

Las redes agregan otra dificultad. Mientras se intenta llegar a fin de mes, resolver el trabajo, alimentar a los hijos o simplemente atravesar las urgencias cotidianas, parece difícil encontrar tiempo para preguntarse qué ocurre detrás de una pantalla. Fogar cree que justamente allí está parte del problema. “Tenemos que empezar a atrevernos a mirar cosas de orden más profundo que tienen que ver con por qué no, por qué no quiero pensar, por qué no quiero hablar de esto. ¿Por qué no me quiero responsabilizar?”, sostiene. Los bots, las cuentas falsas y las operaciones digitales pueden contribuir a instalar discursos, pero también hay una responsabilidad de quienes reciben y reproducen esos contenidos.

Y esa responsabilidad, para Fogar, no puede recaer solamente sobre las escuelas. Tampoco alcanza con que una madre diga que habla con sus hijos sobre el uso responsable de las redes o que un docente les pida a sus alumnos que no insulten a otros usuarios. Hay que mirar qué poderes operan detrás de esas plataformas y qué producen con aquello que circula por ellas. “No se puede seguir enseñando ‘yo hablo con mis alumnos de las redes, yo hablo con mis hijos de las redes’. ¿De qué hablás? ‘Usá con responsabilidad, no insultes a Juanita’. Bueno, no, hay que empezar a ver qué poderes hay y qué están fabricando con él, con ella”, planteó. 

Y la responsabilidad, finalmente, es colectiva: escuela, familias, iglesias, medios de comunicación y sociedad. Porque la discusión sobre la machósfera, las tradwives o los incels puede parecer una conversación sobre internet. Pero, en el fondo, es una conversación sobre algo mucho más antiguo y mucho más decisivo: quién construye las ideas con las que vivimos, cómo se rompe un lazo social y qué hacemos para volver a construirlo.

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